(Damián Fresolone para Revista Debate)
Durante 2011, la
Ciudad de Buenos Aires fue declarada Capital Mundial del Libro por la
Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la
Cultura (Unesco) y los números que proporciona el propio sector indican
que pequeñas, medianas y grandes editoriales decidieron apostar a un
boom en el mercado local.
Según el registro de la Cámara Argentina
del Libro (CAL), ente encargado de otorgar y administrar el ISBN para
cada nuevo lanzamiento al mercado, 31.573 títulos fueron los producidos
durante el último año (entre novedades y reimpresiones), lo que
determina un aumento del 19,6 por ciento en relación a 2010 y marca un
récord histórico para el sector. De esta manera, en los últimos ocho
años la producción nacional de novedades creció casi un 120 por ciento.
En la misma línea, marchó el aumento en la cantidad de ejemplares
publicados, que superó los 103 millones anuales.
Los editores
afrontan día a día la ardua tarea de comulgar la consciente distribución
de contenidos y la formación de opinión con la balanza de un negocio
que sea, al menos, rentable. Es de sencilla deducción que, mientras los
títulos reimpresos tendrán un éxito ya aprobado en el mercado, los nunca
antes publicados, las novedades, representan un mayor riesgo por
desconocer la recepción en el lector. Bajo esta perspectiva, se vuelve
necesario subrayar que estas novedades también llegaron a cifras sin
precedentes con un total de 26.932 lanzamientos, 18,2 por ciento más que
el año anterior, según informó el Centro de Estudios para el Desarrollo
Económico Metropolitano (Cedem).
Como indica Gabriela Adamo,
directora de la Fundación El Libro, si bien un crecimiento en la
producción de novedades no implica directamente un aumento del mercado,
la mayor variedad de títulos, acompañada del incremento en la producción
de ejemplares, permite observar un crecimiento genuino del sector.
BIBLIODIVERSIDAD
El
informe del Cedem realiza una distinción entre las publicaciones que
pertenecen a editoriales propiamente dichas, es decir las empresas o
cooperativas que hacen del libro su principal actividad comercial; y
aquellas otras que provienen de otros espacios, como instituciones
públicas, universidades o diarios que adjuntan a su ejemplar un libro o
fascículo opcional. En esta discriminación, el núcleo comprendido
exclusivamente por sellos editoriales concentra casi el cincuenta por
ciento de la producción local y también ha alcanzado una suma récord de
publicaciones, con más de 15.300 títulos, de los cuales el 75 por ciento
corresponde a novedades.
Según Tomás Manoukian, joven editor del
incipiente sello Tren en Movimiento, la aparición de más títulos puede
significar el crecimiento de una práctica muy orientada a satisfacer
demandas concretas de lectura, para las que antes no existía posibilidad
de publicar. “Desde el colectivo editorial que conformo lo vemos como
una democratización de las herramientas de edición. Si cada vez desde
más ámbitos se llega al libro es porque este aura particular sigue
intacta en el imaginario social”, asegura.
Por otro lado, la
multiplicidad en la oferta de nuevos títulos de pequeñas y medianas
tiradas, de tres mil ejemplares en promedio, muestra una expansión de
las editoriales llamadas “de nicho” y de un comienzo sensato de la
bibliodiversidad a la que muchos sectores de la edición defienden y
promueven. El director de la carrera de Edición en la Facultad de
Filosofía y Letras de la UBA, Mauro Dobruskin, explica: “Aunque los
análisis son complejos, ya que la Argentina carece de datos específicos
de la venta de libros y sólo se da a conocer información perteneciente a
la producción, es claro que el mercado de consumo en general se
encuentra en expansión”. Luego agrega que esta expansión está sostenida
en la incorporación de un importante número de nuevos consumidores y en
el incremento del nivel de consumo de franjas con ingresos medios y
altos. “En este sentido se entiende el incremento en las novedades; y
éstas son, probablemente, una de las variables más precisas para medir
el nivel del mercado cultural”, afirma Dobruskin.
Por su parte,
Esteban Zabaljauregui, jefe de ventas de la editorial Capital
Intelectual, prefiere realizar un análisis más estructural del mundo del
libro y -si bien asegura que las políticas de desarrollo para
emprendedores y las compras por parte de los Estados nacionales,
provinciales y municipales impactaron favorablemente en el sector
editorial en los últimos años- remarca que se debe dejar de lado los
costos a los que se somete la editorial, por el alto nivel de
devoluciones, la obsolescencia y el almacenamiento.
Otro factor de
incipiente pluralismo en el sector se desprende al realizar un recorrido
por las casas editoras que publican año tras año nuevos materiales o
reimpresiones. Mientras que en 1995 los sellos que registraron obras
fueron 1.241; en 2000 lo hicieron 1.670; en 2008 un total de 2.285; en
2011 esa cifra ascendió a más de 2.400 editoriales. Este aumento se
registra tanto en entidades públicas, universidades y demás organismos,
como en la actividad editorial privada.
LA LITERATURA COMO ESTANDARTE
Sumergirse
en la fantasía literaria es, para muchos amantes del libro, el único
momento íntimo de construcción personal; para otros, un simple espacio
de distracción temporaria. Sea cual sea el deseo o la necesidad del
lector, el sector editorial parece oír la demanda. Si bien la mayoría de
las temáticas aumentaron su producción durante 2011, al segregar las
obras inéditas se observa una amplia participación de aquellos títulos
pertenecientes al sector de la ficción. Según informa la CAL, más del
cuarenta por ciento de las novedades pertenecen a literatura general y/o
infantil.
Pablo Braun, director general de Eterna Cadencia,
editorial fundada a mediados de 2008, sostiene que el crecimiento del
sector fue aportado por tres pilares fundamentales: por un lado, la
creciente apertura de nuevos sellos editoriales; por el otro, el aumento
en la producción de los grandes grupos tradicionales del libro; y por
último, una interesante participación de la autoedición, que se ve
favorecida, año tras año, con las nuevas tecnologías.
Del informe del
Cedem se desprende que el 26 por ciento del total de los títulos
publicados es aportado por obras pertenecientes a literatura general y
el 14 por ciento proviene de literatura infantil y juvenil, sector en el
cual también aumentó el número de actores involucrados. Valeria Sorín,
directora general de Editorial La Bohemia, indica que luego del proceso
de extranjerización que sufrieron en la década del noventa las
editoriales especializadas, la emergencia de nuevos
microemprendimientos, el nacimiento de los Incuba (programa de promoción
y desarrollo de las industrias culturales), el aporte de la carrera de
Edición y la ruptura conceptual del discurso único, favorecieron al auge
de nuevas editoriales independientes.
Lejos de marcar un nuevo
esquema en el mercado del libro, estas cifras récord en el sector de la
literatura infantil refuerzan una tendencia generada desde 2003, cuando
se empezaron a observar constantes crecimientos en sus volúmenes de
novedades y ejemplares. Mientras que luego de la crisis económica y
social de 2001 se habían lanzado poco más de trescientos títulos,
durante 2011 se registraron casi tres mil cien nuevas obras dirigidas a
este segmento. El mismo salto cuantitativo se percibe en la producción
de ejemplares: de los casi tres millones y medio en 2001, se trepó a más
de catorce millones en 2011.
“Sin duda, desde 2003 y hasta el
presente, influyó de forma notable en el desarrollo del sector el auge
del Estado (nacional, provincial y de la Ciudad de Buenos Aires), que
se hizo responsable de la promoción de la lectura y la abundancia de
libros en las escuelas, porque hay que tener en cuenta que gran parte de
las publicaciones de literatura infantil no pasan por las librerías.
Esto provoca que haya una oferta inusitada de títulos, estéticas y voces
autorales”, asegura Sorín.
La Ciudad de Buenos Aires es el
epicentro comercial para gran parte de los sectores de la industria,
pero, particularmente, la producción editorial manifiesta una
concentración poco comparable con otros rubros. Según los últimos datos
publicados por la Secretaría de Cultura de la Nación, el 62 por ciento
de las casas editoras está localizado en distintos barrios porteños y un
17 por ciento en la provincia de Buenos Aires, por lo que sólo un
veinte por ciento de las editoriales se encuentra disperso en el resto
del país.
Ante este contexto, puede explicarse que los números sean
similares al momento de la producción ya que casi el setenta por ciento
de los títulos publicados durante 2011 fueron lanzados desde sellos con
base en la Capital Federal y otro diez por ciento desde la provincia de
Buenos Aires, seguidos muy de lejos por Córdoba (4,4 por ciento) y Santa
Fe (3,9 por ciento). Esta concentración metropolitana es aún mayor si
se pone el foco sobre la impresión de ejemplares, entre los municipios
de Ciudad y Provincia obtienen el 96 por ciento de los volúmenes
impresos dentro del país. Se trata, entonces, de un punto para rever en
el camino a la democratización total del libro. Un sistema de producción
adecuado en cada epicentro provincial facilitaría el acceso de aquellos
sectores vulnerados y alejados de la urbanidad, ya que son las
librerías quienes -en el circuito del libro- corren con el costo de los
fletes, lo que provoca frecuentemente la imposibilidad de difundir
determinados títulos en ciertas zonas geográficas.
EL LIBRO EN LA BALANZA
Según
un informe de la consultora privada abeceb.com, la balanza comercial
del libro cerró en 2011 con un déficit de 82 millones de dólares, cifras
que coinciden con las publicadas por el Cedem hasta setiembre del mismo
año. Si se practica un análisis más profundo sobre los últimos informes
sobre comercio exterior argentino que publica el Instituto Nacional de
Estadísticas y Censos (Indec), se observa que este déficit en la balanza
del libro es el más alto registrado en los últimos diez años y está
originado por un leve aumento en las exportaciones (49 millones de
dólares), pero contrarrestado por un incremento superlativo en los
libros importados, que llegan a 131 millones de dólares, cifra máxima en
la década. Al comparar con los años anteriores se observa un incremento
de las importaciones del 18 por ciento con relación a 2010 y del 31 por
ciento contra 2009; mientras que las exportaciones sólo crecieron ocho
puntos frente al año pasado.
Si bien estos primeros datos sirven para
entender varios de los cuestionamientos hacia los sectores únicamente
importadores de libros y entender el accionar de políticas que equiparen
la balanza comercial, una situación aún más adversa existe en el
mercado del libro argentino. El ingreso de ejemplares desde el exterior
sólo debería originarse por aquellos títulos editados en otros países e
importados para su distribución en librerías o mediante el servicio de
courier (envíos personalizados aeropostales), pero llamativamente otros
libros llegan al país para ser recibidos. Se trata de obras editadas por
completo en la Argentina pero enviadas, en formato digital, al exterior
(en su mayoría a China, Uruguay y México) para ser impresas por una
simple conveniencia elemental de costo-beneficio. Según Héctor Di Marco,
presidente de la Cámara Argentina de Publicaciones, un 16 por ciento
(lo que equivale a más de 25 millones de ejemplares) de los libros
vendidos durante 2011 fueron impresos fuera del país. Sin duda, este
subgrupo de títulos, junto a los que desnivelan la balanza, también
provoca ruidos y permite entender que cualquier país que mediante sus
políticas proteja la industria nacional, en este caso la gráfica,
aplicaría cierta revisión para que este ingreso no sea indiscriminado.
A
juzgar por los números mencionados de la balanza comercial, parece ser
que aquel acuerdo firmado en octubre de 2011 por las cámaras que agrupan
a las editoriales nacionales y el secretario de Comercio Interior,
Guillermo Moreno, no mostró los resultados esperados a corto plazo.
Mientras que por un lado, Isaac Rubinzal, presidente de la CAL que
aglutina a algo más de quinientos pequeños y medianos sellos
editoriales, se encargó de informar que desde su Cámara se encuentra la
balanza equilibrada; por el otro, el presidente de la Cámara Argentina
de Publicaciones, que conglomera un puñado de grandes grupos
editoriales, prefirió advertir que no debería haber problemas “para todo
lo que sea difusión de la cultura”.
Seguramente este debate no
tendrá fin a corto plazo. Pero bastante más lejos de las balanzas
comerciales, los gráficos de producción y las curvas de oferta y
demanda, están los libros que gozan de buena salud. Basta sentarse en el
colectivo y ver a sus coviajantes leer, o a aquellos lectores en las
plazas del centro porteño en los horarios de almuerzo. A los jóvenes
camino a la facultad y a los docentes de regreso a sus casas. Alcanza
con pensar cuántos regalamos en cumpleaños, fiestas y otras fechas
especiales, y cuántos recibimos como contraprestación, o simplemente con
mirar el bolso y saber que debe haber uno al momento de emprender un
viaje. O con fijar la vista en nuestra biblioteca y darnos cuenta de los
que tenemos “de prestado” que nunca devolvimos y, tal vez, jamás
devolvamos.